La ética y la empresa se resisten a divorciarse
La ética y la empresa, una pareja históricamente problemática, se sientan al diván para intentar una reconciliación, analizando la relación dialógica que las une, y buscando una resignificación de la acción organizacional, de manera tal que no sea un obstáculo para el desarrollo del hombre y su contexto.
Impera en la actualidad una mirada desconfiada y displicente hacia la ética aplicada a la empresa -business ethics como se la conoce en las escuelas de negocios- en gran medida porque durante años, éste fue un “matrimonio de conveniencia”, y como tal, condenado al fracaso de las apariencias. Los escándalos éticos protagonizados por prestigiosas empresas en los últimos años, significaron el agotamiento de un modelo que merece revisar sus fundamentos. La ética y la empresa se resisten a divorciarse, como pretenden muchas corrientes modernas que separan el ámbito público del privado. Por el contrario, con la esperanza de alcanzar una unión más genuina, apuestan por la reconciliación y la integridad.
Para que esta unión sea sostenible, es necesario un acuerdo pre-nupcial, que consiste en una reconsideración de la adecuada relación entre medios y fines, punto de partida para reflexionar sobre la acción humana. Lo propio de la lógica de la eficiencia que llevó a muchas empresas al fracaso, es que no puede darse a sí misma los fines, sino que los recibe de una lógica más amplia que es la racionalidad humana o ética. Cuando no se presta atención a la ética, la empresa se vuelve autorreferencial a los objetivos que se propone para ser más eficiente, cuyo cumplimiento muchas veces implica hipotecar el perfeccionamiento humano en aras de esa misma eficiencia.
Los fines, que imprimen el sentido a las acciones, su direccionamiento, se expresan mediante los valores, y requieren el ejercicio de las capacidades superiores de conocimiento y afecto. Sólo las personas pueden subordinar medios a fines para vivir esos valores. Así, la ética no es un añadido de la acción –que puede estar o no- sino un constitutivo básico, sin el cual la misma acción pierde todo sentido. La ética es la lógica de la libertad verdadera y consistente, expresión de nuestro modo de ser y único fundamento de la confianza que nos permite encarar un proyecto conjunto a largo plazo, como debe ser la empresa. Respondiendo desde esa lógica humana, estamos dando ingreso, en el seno mismo de la impersonalidad del sistema, a una realidad ética de tipo personal: el mundo entrañable de las solidaridades básicas donde las personas pueden manifestarse tal cual son y concretar sus deseos de mejorar su calidad de vida y su entorno.
Según Llano, “la empresa es la institución que –de una manera dinámica y eficaz- acierta a convertir la búsqueda personal de lo nuevo en una tarea cooperativa, cuyo fundamento es la confianza”. Es la manifestación de nuestra humanidad, al actuar creativamente al servicio de los demás, lo que nos invita a hacer las cosas bien y mejor. Resignarnos con la eficiencia de las acciones cortoplacistas porque creemos que nos lo exige la profesión o nuestra función dentro del sistema, es en realidad fallar como profesionales pero especialmente como seres humanos.
La racionalidad ética como superación de la racionalidad técnica nos permite descubrir los valores en una situación compleja, nos ayuda a sintetizar más variables en ámbitos de incertidumbre, en última instancia, a vivenciar la virtud de la prudencia en su sentido cabal. Una priorización de los fines verdaderamente humanos –alineados a los valores, y en especial a ese valor complejo que representa el bien común-, junto al ejercicio continuado y cooperativo de rectificar nuestras acciones cuando nos alejen de los mismos, nos permitirán alcanzarlos de manera más eficaz, porque en el largo plazo, no existe mejor negocio que la ética. Es la ética y no la eficiencia la que nos ayuda a ganar tiempo, desde que nos predispone a aprovechar oportunidades vitales, aquellas que cuentan a la hora de considerar una vida plena, llena de sentido, “una vida lograda”.
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